sábado, 24 de agosto de 2013

Pero no hay nadie dispuesto a escuchar #

[...] No era la primera vez que lo hacía, solía dejarse caer habitualmente en el sillón que le esperaba cada día en aquel rincón reservado para él en el salón de su vieja casa.
Se derrumbaba abatido sobre él para quedarse allí durante horas, acariciando las desgastadas cuerdas de una guitarra mientras sujetaba con sus labios uno de sus cigarrillos y Tocaba melodías desafinadas que sonaban a otra época.. Las notas se tornaban en la imagen de un escenario o en la de unos focos, o a veces en ambas a la vez  acompañadas por el canto de una multitud emocionada.
Todas aquellas cosas que durante un tiempo inundaron sus sueños parecían cobrar vida cada vez que se atrevía a recordarlas.
Tiempo que ya pasó. Sólo era eso, reflejos de algo que nunca llegaría a ocurrir y lo sabía. Peroél no se frustraba, ni perdía la calma. Era, por encima de todo, una persona realista. Sin duda tenía miles de historias que contar, pero también era consciente de que nadie quería escucharlas y sabía que no podía hacer nada al respecto.
 Por eso nunca dejaba que le dominara la ira, Se limitaba a fumar a escondidas, a pasearse por su mente alejado del mundo, a tocar su vieja guitarra azul en soledad y a pensar en todos aquellos que como él querían, o habían querido, abrirse con el mundo y brillar en la oscuridad pero en cambio se habían quedado injustamente atrás, esperando un milagro, luchando por alcanzar la luz.
Si, todos ellos no eran más que un montón de desconocidos esperando tras un muro de dolor y de lágrimas desperdiciadas algo que nunca llegaría.
Por eso no se desesperaba, no perdía los nervios, por que sabía que el mundo era injusto, para todos y era algo con lo que había aprendido a vivir
Sin embargo, alejándose de su pesimismo habitual,  le reconfortaba saber que el siempre estaría dispuesto a escuchar a quien lo mereciera y si el estaba dispuesto a hacerlo, alguien, aunque solo fuera una persona, estaría dispuesto a escucharle a él y eso, a esas alturas de la vida le parecía suficiente, pues siempre pensó que había ciertas cosas que por muy pequeñas e insignificantes que pudieran parecer, merecían la pena. [...]


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